PenultimaFrontera : { Al Inicio }

7/07/08

Unas palabras del caminante

Caminaba encogido. Por alguna avenida de otoño gris, torcía la cabeza mirando sus pasos y caminaba. La esencia de su existir en tan simple gesto: Prefería enredarse en los pormenores de cada paso, en sus detalles laterales, en el esfuerzo insignificante que aquello le demandaba y evitaba mirar de frente, dar con la meta de un vistazo, y no sé por qué. Acaso encontraría que cada calle enturbia el destino, donde se planta una inefable esquina a todo su ancho, y una esquina que son como todas las esquinas, que no llevan a ninguna parte y se disfrazan siempre igual para parecer que el viaje es un extraño, largo e inescrutable laberinto.

Y siempre –como seguro diría él-, siempre conduce al mismo lugar. Más que un mareador ciclo laberíntico (“¿No estuve aquí antes?”), parece un río con muchos brazos que siempre decanta sus aguas tristes en el mismo lugar. En el mismo edificio teñido de rojos y verdes que pretenden aguantar las profundas grietas con que cuelgan las murallas. Ése es su hogar. O un intento de hogar, algo que finge terminadas las horas laborales y no encuentra más razones para quedarse afuera, y en vez de padecer los terribles fríos a intemperie, los prefiere sufrir en el interior, salvando la tarde con un café o bien mirar por la ventana a la quincuagenaria Almendra, que por culpa de la artritis apenas aguanta el cuerpo y se debe valer de dos muletas para dar los torpes pasos con que regresa del paseo a la plaza. Y este ritual que parece un calco –No, mejor un Deja Vú- del día anterior lo ha consumido por meses, y de los meses pasan a los años. Años que corren con energía, que se le monta encima, lo arrolla. Ni siquiera intenta pensar acerca del tiempo, porque ese es un tema que le amarga profundamente y a cambio abre bien sus ojos, agrega algún disco compacto recién comprado y se regresa el calor con las manos bien pegadas a su tazón de café, como si en ese enlozado azul existiese algo de vida, algo palpitante que vuelve para seguir pensando que su pequeña historia bien habrá valido la pena al menos para él.

Se esconde tras el ventanal, la gente pasa, va apurada, yendo a algún sitio del que no se ha enterado. Le parece poco importante. El sillón es más cómodo. Cruje como demonios a cada movimiento, pero aún así lo envuelve y protege, mientras él, con un volumen discreto y la mirada puesta en las fachadas muertas de otras construcciones, comienza a esbozar ciertos diálogos que nunca tuvo. Diálogos con algunas personas que vio durante el día, pero al cual no le cruzó palabra alguna. Ahora sí lo hacía. Extendía la conversación por horas, apreciaciones generales sobre cosas de poca importancia. Qué importaba el tema. Para él era lo mismo que conversar de a de veras, con la salvedad de hacerlo solo, pero de todas maneras echaba afuera sus inquietudes y descansaba de la soledad que le acechaba en cada momento. No sé. Yo no sé si hablaba solo para sanarse de la soledad, o es que ésta ya le había trastornado, y siendo así entonces estaba envuelto en un círculo del cual no podría salir. Otro laberinto en el que se topaba en la misma esquina y se perdía en el mismo rincón.


Etiquetas: